AUTOBIOGRAFIA
AUTOBIOGRAFÍA
Empiezo por fin a escribir el libro que me he resistido a hacer durante los dos últimos años por diferentes razones. La primera y principal es mi síndrome del impostor que me hace no sentirme lo suficientemente preparado para escribir un libro. Por este síndrome pasan muchas personas cuando emprenden empresas, profesiones, proyectos…así que voy a predicar con el ejemplo dejando mi miedo atrás y con la confianza de que todo esto traerá aprendizajes y evolución en mi persona.
La segunda razón que me generaba resistencia era no sentirme especialista ,en ninguna de las bases de las que hablo en este libro, que considero más importantes para tener una buena salud emocional, física y espiritual. Como buen Géminis que me considero he ido haciendo muchas investigaciones en los tres ámbitos citados anteriormente que me han dado unas vivencias que pueden ayudar a muchos.
Todo mí proceso de mayor dolor/sufrimiento empezó al trasladarme a vivir con 20 años recién cumplidos a la isla de Ibiza. Aquí tenía la posibilidad de estudiar carrera universitaria sin nota de corte. Toda mi vida fuí un estudiante con dificultades de aprendizaje, con nula capacidad de memorización, mucha falta de atención ( TDA ) y con dislexia (dificultad tanto en la lectura como en la escritura porque alteras el orden de las letras). A pesar de esos problemas que me hicieron repetir dos cursos en el instituto, con muchísimo esfuerzo conseguí sacarme los estudios de bachiller/selectividad pero con una nota tan baja que no me permitía elegir la carrera que a mí realmente me apasionaba INEF ( Especialista en entrenamiento deportivo ). Una de las soluciones hubiera sido pagar una universidad privada pero vivía en una familia humilde con bastantes dificultades económicas que lideraba una madre viuda/pensionista con 5 hijos.
La mayoría de mis hermanos consiguieron estudiar carreras universitarias gracias a las becas del estado por su esfuerzo académico. En mi caso,no fue así, pero tuve la “suerte” en forma de accidente de coche que hizo que me dieran una indemnización de 6.000 € que me permitió estudiar la carrera sin necesidad de trabajar. En el caso de haber tenido que trabajar y estudiar a la vez estoy seguro de nunca haber finalizado mis estudios y haber recorrido un camino bien diferente que me hubiera hecho volver a Valencia casi con seguridad.
Otra de las razones de mi traslado a Ibiza fue que mis hermanos estaban allí ya ejerciendo de docentes y eso me permitía no tener que pagar alquiler, teniendo a la vez un respaldo emocional. Así que por todas estas razones, decidí trasladarme a la isla blanca con la esperanza de poder pedir un traslado de expediente a la universidad de Valencia y acabar los estudios en mi tierra amada.
Fue un cambio muy duro ya que con mis 20 años nunca había tenido responsabilidades y no era consciente que durante mi infancia había sido sobreprotegido. Esa sobreprotección fue debido a las duras circunstancias que se habían vivido en mi casa por la muerte de mi padre cuando yo tenía 4 años y a la drogadicción con continuos maltratos hacia nosotros e intentos de suicidio de mi hermano mayor.
Había una pequeña parte dentro de mi que le hacía ilusión empezar una carrera y así conocer la vida universitaria de la que tanto había oído hablar sobre sus fiestas nocturnas y experiencias sexuales. Al empezar me di cuenta de que donde yo estudiaba no era exactamente una Universidad. Era lo que se llamaba una extensión universitaria, donde se les brindaba la oportunidad a los habitantes de Ibiza que no querían o podían desplazarse de la isla, a estudiar las carreras de magisterio y/o empresariales con video proyecciones que se hacían desde Mallorca.
Al empezar las clases me encontré con dos dificultades que desconocía cuando decidí venir a la isla. La primera era que la mitad de los contenidos se estudiaban en la lengua mallorquina y la otra mitad en inglés, de la que yo solo sabía gramática y con poco nivel. Fue como estudiar tres carreras universitarias a la vez teniendo que traducir todos mis apuntes del mallorquín al castellano y apuntarme a la escuela oficial de idiomas para intentar subir mi nivel de inglés. La mayoría de mis compañeros seguían perfectamente las clases porque no tenían dificultad con las lenguas y yo no me enteraba prácticamente de nada.
Todas estas dificultades de adaptación tanto de vida como de estudios empezaron a generarme una ansiedad con sensación de presión en el pecho, dificultad para respirar y mareos que yo iba obviando como normales porque así me lo decía mi familia. Hubo otros condicionantes como mis relaciones personales con mis compañeras de la universidad que hicieron empeorar mi estado. Tuve alguna relación sexual y también de pareja que no salieron como yo esperaba. En aquella época empecé a darme cuenta de mi apego ansioso/evitativo (explicado en uno de los puntos de este libro) que no me permitía tener relaciones sanas, desequilibrando a toda aquella chica que pasaba por mi vida, a las que pedí perdón en su momento y lo vuelvo a hacer desde aquí, lo siento.
Con todo eso y además añadiendo alcohol a mis salidas de fin de semana empecé a sentir una depresión de la que no era consciente. La iba sorteando con resiliencia y deporte que me ayudaba a liberar estrés. En aquella época formaba parte del equipo de fútbol regional del C.D. Jesús donde hice buenas amistades con un grupo de amigos a los que estoy muy agradecido y tambien aprovecho a pedir perdón por todas mis actitudes egoístas que tuve en algunos momentos (Jose, Javi, Juanfran, Richard, Paco, Rayus, Zelia, Silvia, Rosa…GRACIAS) .
Empecé a experimentar durante los entrenamientos una sensación muy extraña, sentía que la vida que estaba viviendo no era mía,era muy desagradable, sentía que estaba perdiendo la cabeza. Estaba claro que algo dentro de mí no estaba funcionando bien y que más pronto que tarde me pasaría factura.
El detonante final de mi depresión fue una salida nocturna en la que me ofrecieron un poco de cocaína pasando por un mal viaje donde la ansiedad era insoportable sintiendo que todo lo que estaba a mi alrededor era irreconocible para mí,como si estuviera viviendo la vida de otra persona. Llegué a cuestionarme absolutamente todo,incluso cada una de las palabras que salían por mi boca.
El siguiente paso fue sentir agorafobia. Era incapaz de salir a la calle sin miedo y sin temblores,era horrible y no encontraba ningún momento donde no estuviera atrapado por el pánico. Yo pedía ayuda en mi casa ,especialmente a mi madre, que por aquel entonces se vino a Ibiza con nosotros ya que vio que no podía llevar ella sola la carga de mi hermana discapacitada. Mi madre solo le restaba importancia diciéndome que era normal. Yo ni dormía ni dejaba de sufrir en cada instante. Hasta que llegó un punto de inflexión en forma de lesión deportiva que marcaría el resto de mi vida. Durante uno de los partidos de liga de fútbol, que jugábamos cada fin de semana, cuando defendí uno de los balones mi rodilla derecha pegó un chasquido muy grande teniéndome que lanzar al suelo debido al dolor insoportable. El presidente del equipo decidió llevarme al hospital de la seguridad social diciéndome que allí los médicos eran mejores, en lugar de usar los médicos del seguro de la federación.
El traumatólogo que me vio me hizo un diagnóstico tan solo con la exploración física determinando que no había ninguna lesión importante. Me dijo que solo tenía que hacer reposo durante dos semanas y rehabilitación durante dos meses para volver al terreno de juego. Para hacerme el diagnóstico me hizo una prueba llamada “cajón”, qué, en el caso de haber tenido el ligamento cruzado roto se me hubiera desplazado la rodilla hacia delante, lo cual no sucedió. Después de pasar un mes con muletas y un mes más fortaleciendo mi rodilla volví a entrenar con mis compañeros. Cada vez que hacía una frenada o arrancada la rodilla se me iba hacia un lado, era una sensación súper extraña que jamás había sentido. Se lo comuniqué al presidente del equipo para que me volvieran a llevar al traumatólogo y así lo hizo. El mismo traumatólogo volvió a determinar que no tenía nada y yo le rogué que por favor me hiciera una resonancia magnética donde se podía determinar con exactitud el alcance de mi lesión. El doctor se negó en rotundo y me dijo que el profesional era él y que era completamente innecesario. Así que volví a mis entrenamientos una vez más. Hay que explicar que la prueba de cajón que hacen los traumatólogos funciona sobre todo cuando la musculatura de la pierna no contrarresta la rotura del ligamento. En mi caso mi cuádriceps era tan fuerte como el de un profesional así que la prueba daba negativo. El entrenador después de tres meses de entrenamiento decidió contar conmigo en la segunda parte de un partido y allí ya fue donde sucedió la tragedia física de mi rodilla en forma de lesión.
En una de las jugadas defensivas donde me enfrentaba al delantero, mi rodilla se salió por completo provocando un ruido que mi familia entera ,que nunca había venido a verme jugar, pudo escuchar desde el otro extremo del campo sentados en la grada. En esta ocasión sí que me llevaron a los médicos del seguro y el diagnóstico fue la temida triada del fútbol ( rotura del ligamento cruzado anterior, ligamento interno y menisco ), lesión de la que muchos futbolistas no se recuperan del todo y tienen que dejar el fútbol el resto de sus vidas. Las siguientes semanas fueron de pesadilla por el dolor, la incertidumbre y el miedo que sentía. Además se añadió algo a todo este proceso que nunca llegué a descubrir ni entender con el tema del seguro de la federación de fútbol . El médico de la federación cada vez que iba a la consulta me repetía que para hacerme las resonancias magnéticas y/o operación necesitaba el consentimiento de la federación. Yo se lo explicaba a mí presidente del club y él me decía que volviera a la mutua médica porque no tenía ningún sentido lo que decía el médico.
Entre unos y otros estaba en medio de la nada sin poder recibir tratamiento. Mi madre al ver mi desesperación me pidió una cita con el mejor traumatólogo que trabajaba en el hospital clínico de Valencia capital. Este gran profesional me derivó a su mano derecha ya que él estaba en proceso de jubilación. Nunca me olvidaré de su nombre, Doctor Sala. Acabó operándome, haciéndome una obra de arte que casi ningún traumatólogo hacía en aquellos momentos. Me hizo un trasplante de ligamento cruzado y me cosió los meniscos para no perderlos y que mi rodilla estuviera más protegida. La parte más negativa fue cuando me comentó que mis cartílagos en la misma lesión se habían visto afectados y para eso no había solución probada en aquel entonces.
Me comentó que tenía una rodilla de 50 años y que me la debía de cuidar mucho, sin practicar ningún tipo de deporte de impacto para no tener que ponerme prótesis a partir de los 45 años. Yo no perdí la esperanza de que al acabar mi rehabilitación de 6 meses se diera el milagro desapareciendo el dolor y la inflamación. Después de una rehabilitación larga y dolorosa me encontré con algo de dolor tolerable en mi caminar pero que se multiplicaba cuando corría o giraba cambiando de dirección. A mis 22 años y amando el deporte como lo amaba para mí fue muy duro psicológicamente ver que no podría volver a jugar al fútbol e incluso pensar que no podría ejercer como entrenador deportivo, lo que siempre había sido mi sueño.
Tuve que empezar a tomar antidepresivos porque mis ideas suicidas estaban presentes de manera recurrente. Por suerte, los psicofármacos hicieron su efecto y no hice ninguna tontería. Durante los 10 años siguientes estuve tomando antidepresivos y practicando todo aquel deporte que no me produjera mucho dolor. Yo sabía que no podía estar eternamente tomando antidepresivos y que necesitaba llevar algún tipo de tratamiento psicológico. En la seguridad social me decían que no podían ofrecerme ese tratamiento porque había casos mucho más graves que el mío. Por aquel entonces yo tenía un médico de cabecera que en ningún momento me dijo que me dejara la medicación, no sé si porque consideraba que lo necesitaba o por mala praxis.
Con el tiempo cuando consulté a otros médicos me dijeron que los psicofármacos estaban para mitigar los síntomas un tiempo pero que había que dejarlos en cuanto pudiera. Aquella época en alguna ocasión fuí a la consulta privada de un buen psicólogo de Valencia que me tranquilizó diciéndome que tenía una cabeza bien amueblada y que nunca llegaría a desarrollar una patología mental. Eso me tranquilizó mucho sabiendo la discapacidad de mi hermana y el trastorno que sufrió mi hermano mayor pasando por las drogas y el suicidio. Viendo lo costoso que era económicamente un buen tratamiento psicológico y que no me lo podía pagar decidí seguir con los psicofármacos. Hasta encontrar un psicofármaco que me sacara de esa espiral de ansiedad y sufrimiento pasó, como mínimo, un año de pruebas con diferentes medicamentos. Paradójicamente estos fármacos las dos primeras semanas que los tomas por norma general pueden acentuar los síntomas de la depresión hasta que empiezan a hacerte efecto. Tenían efectos secundarios como el aumento/falta de apetito, la falta de líbido…que es un poco el precio a pagar hasta pasar el tiempo necesario en el que encuentras la estabilidad mental, que suele ser mínimo de 6 meses. Lo que me llevó definitivamente a tomar la decisión de empezar a dejar los fármacos fue la falta de líbido que me causaba problemas con mis relaciones sexuales y con mi autoestima.
El siguiente curso escolar empecé en un nuevo centro en el que tuve, una vez más, una relación tóxica con una de mis compañeras, que acabó en enfado e incluso abandonando ella la isla por razones personales. Esto lo cuento porque a los dos años de no tener contacto con ella, recibí una solicitud por su parte de Facebook, con un mensaje de reconciliación y de perdón, invitándome a retomar el contacto. Me explicó que había hecho un proceso de trabajo de sanación emocional y física gracias al Kundalini yoga. Éste consistía principalmente en la meditación y una limpieza física, cambiando la nutrición. Al ver los grandes cambios experimentados por ella me llevó a mí a practicarlo. Estos trabajos de meditación, a pesar de que no los hacía correctamente, me bajaron en mucha medida la ansiedad, lo que me facilitó la bajada de dosis de los ansiolíticos que tomaba. Después de un año y gracias a la meditación, conseguí quitarme por completo los psicofármacos y con la nutrición empecé a perder peso y a disminuir los dolores articulares. En el apartado del libro de las herramientas sanadoras explicaré con más detalle cómo se deben utilizar éstas para su óptimo beneficio.
Durante los dos siguientes años a pesar de mi lesión empecé a formarme como entrenador personal que había sido siempre mi pasión y que nunca había hecho por miedo a dejar mi trabajo. Tuve muchos aprendizajes sobre los diferentes tipos de entrenamientos y nutrición para conseguir una buena condición/salud física, siempre teniendo en cuenta las diferentes características y necesidades individuales de cada persona. Conocí el yoga, el pilates, el entrenamiento funcional, el spinning, la natación, el body pump… Me di cuenta que la actividad física que más engloba una salud holística era el yoga. “Casualmente” al año siguiente de acabar mi formación en preparación física se me “olvidó” renovar mi contrato con Consejería de Educación. Ese “despiste” me brindó la oportunidad de ejercer como entrenador personal en un club de triatletas que habíamos fundado unos amigos. Fue un año que me sirvió para darme cuenta de que tenía idealizado el trabajo de entrenador y que en realidad no quería para mi ese tipo de vida, volviendo a la docencia con más fuerza el curso siguiente. La docencia no la sentía como vocación pero la experiencia como entrenador personal me sirvió para poder reanudarla con más ganas mientras encontraba mi camino.
El año del Covid me trajo otra “casualidad” para dar un paso más en mi sanación emocional. Durante el confinamiento tuvimos que trabajar en nuestras casas y en mi caso teniendo que estar muy en contacto con mis compañeros del colegio para coordinar los trabajos que mandábamos a los alumnos. En uno de los mensajes que enviaba a mis compañeros para coordinarnos me “equivoqué” y se lo envié a una compañera de otro centro en el que estuve trabajando años anteriores. Ese mensaje nos llevó a tomar contacto de nuevo, contándonos que los dos estábamos pasando por un proceso vital difícil, lo que le llevó a ella a invitarme a hacer una formación llamada Gestalt. Decidí ponerme en contacto con la organización. Me dijeron que debido al confinamiento se habían paralizado todas las formaciones pero que si quería, podía empezar con terapias individuales hasta que todo se volviera a poner en funcionamiento.
A los meses, todo empezó a volver a ponerse en marcha y empecé la formación con mis nuevos compañeros que actualmente son mi Tribu. De todos los tratamientos terapéuticos que he investigado y experimentado es sin duda el más efectivo, ya que al ser experiencial/grupal, hace que se acelere el proceso y compartirlo lo hace mucho más liviano. Un año de formación en la Gestalt es como hacer cientos de sesiones de terapia individual con cualquier psicólogo. El primer año de formación es un trabajo profundo de conciencia de todas las creencias limitantes, heridas y traumas de la infancia para así poder sanarlos tomando las riendas de tu vida, dejando de culpabilizar a los demás y a los factores externos de lo que te pasa.
A partir del segundo año de formación se incluyen herramientas para poder empezar a hacerlo con otras personas de manera profesional pero sin abandonar tu propio proceso de sanación. Fueron 4 años que me ayudaron mucho y un ejemplo de ello es, que nunca había podido tener una relación sentimental sana y desde entonces estoy con Elena, mi pareja actual, feliz y agradecido.
Todo este proceso en mi último tercio de vida que he explicado en estas páginas es necesario para poder entender aquellos procesos vitales que me han hecho conocer las herramientas que considero que son importantes para nuestra salud física y emocional, aunque no debemos olvidar, que nuestra infancia es la etapa que más define nuestro carácter y la manera en la que después nos relacionamos con nuestro entorno.
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